El Paisaje de Montaña: acceder, estar y reconocer el territorio.

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Eduardo Retamales es montañista y arquitecto; esta mezcla de disciplinas lo hace tener
un acercamiento sensible a la montaña y su paisaje. En este artículo, Retamal busca
describir la relación de unión que se genera entre el montañista y el entorno al que se
adentra para explorar las alturas de la tierra, también apuntando a la importancia del
reconocimiento de esta fusión para la orientación y el reconocimiento del territorio.

Por Eduardo Retamales

Ya sea para una jornada o una larga expedición de alta montaña, la experiencia de escalar una pared o adentrarnos a un valle desconocido, nos genera la posibilidad de fundirnos en un mismo tiempo y espacio con el paisaje que nos rodea. Por paisaje me referiré a su ámbito más amplio, como aquel proceso en constante cambio que se construye entre una población con su entorno. Relación que posee una dimensión objetiva (biótica-geográfica) y subjetiva (cultura e identidad).

Me quiero centrar en la dimensión del paisaje desde la experiencia del montañismo, y como esta actividad nos nutre de aprendizaje. Desde el momento de sumergirnos a en lo más profundo de un valle, como uno de los pasos a realizar para alcanzar esa cumbre tan anhelada que tenemos como proyecto, inconscientemente comenzamos a ser partes de ese nuevo paisaje. Dependiendo de las condiciones con la que nos encontremos, nos recibirá acogedora o muy salvajemente.

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Aproximación por el Cajón de lo Valdés hacia el Campamento Base del Cerro Diente del Diablo.

El montañismo es una manera determinada de tener una experiencia participativa y próxima de vinculación con la construcción del paisaje. Existe una estrecha relación entre la carga cultural, es decir, aquella creada como un producto de una sociedad especifica (Muñoz Pedreros, 2017). Y, por otro lado, las condiciones físicas naturales del entorno. Se genera así un determinado modo de aproximarse, habitar y percibir el territorio.

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Adentrándose al canalón principal del Cerro Diente del Diablo

El sentido del lugar aparece aquí, y es desde la construcción en conjunto del paisaje que surge la capacidad de reconocer dónde se está. Los hitos geográficos nos señalan en donde estamos, y es así como comenzamos a tener el sentido de orientación y la capacidad de sentirnos emplazados. ¿Emplazados para que?: Para poder estar y regresar. Esta imagen, narra una de esas situaciones que se obtiene de la experiencia de haber estado en el lugar, y de la capacidad de reconocer dichos hitos, es decir, de reconocer los elementos estructurales que conforman el paisaje.

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Infografía sobre los hitos territoriales (cumbres) hacia el sur de la cumbre del cerro Diente del Diablo.

Las cumbres que se logran observar son obtenidas a partir de una salida de dos días en el sector de lo Valdés, en el extremo sur oriente del Cajón del Maipo. Desde la cumbre del Cerro Diente del Diablo (3.943 msnm), el territorio se expande como una gran olla alargada, que está compuesta por el Cajón de lo Valdés, el Valle de Las Arenas, Engorda, Cajón del Morado, Mesón Alto, entre otras. Las grandes murallas que flanquean el territorio, con mas de 40 cumbres y 6.000 msnm, hacen de este lugar un mirador natural que se abalcona a esa magna dimensión territorial. A través de esta reflexión acerca de la experiencia del paisaje en la montaña, me gustaría hacer aparecer activamente esa dimensión en el proceso de practicar el montañismo y de ser partícipes en la construcción del paisaje. Estar en la montaña nos expone a un constante proceso de conocimiento, a través de la experiencia y percepción, y con ello, la posibilidad de tener una palabra a cerca de la dimensión subjetiva (observación) como objetiva (geográfica) del paisaje en las montanas.

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